viernes, 27 de enero de 2017

Política penitenciaria y convivencia
El recuerdo de aquel día de invierno permanece como una nebulosa en mi memoria. Era martes de Carnaval. Eso lo recuerdo bien. También que aquella mañana nos sorprendió la nieve. Como todos los años, los amigos nos reunimos a primera hora para organizar la comparsa y preparar el espectáculo que íbamos a ofrecer por las calles de Tolosa. Allí́ nos encontrábamos cuando llegó la noticia: habían matado a Patxi Arratibel, un empresario tolosarra, de un disparo en la cabeza, mientras participaba, como nosotros, en las fiestas del pueblo. Como algunos otros días de mi vida, ese momento nunca ha desaparecido de mi memoria; quedó grabado de manera nítida e imborrable.
Imagino que, como es habitual en estos casos, intenté buscar una respuesta imposible al sinsentido cometido. Recuerdo que me preguntaba hasta dónde podría llegar el odio y la maldad del ser humano para que alguien pudiera acabar con frialdad y sin conmiseración alguna con la vida de otra persona. En aquel momento, yo era concejal del Ayuntamiento de Tolosa, y esta historia, que forma parte de mi biografía, describe nada más que una parte del dolor, la desesperación y la angustia que durante muchos años padeció la sociedad vasca.
Puedo contar muchas “historias”; algunas me han impactado más que otras, pero haber participado durante más de 16 años en responsabilidades políticas en el Ayuntamiento de Tolosa me ha dejado, entre otras muchas cosas, 24 huellas. Este es el número de personas que siendo de Tolosa fueron asesinadas por un grupo terrorista o siendo de fuera de Tolosa fueron asesinadas en nuestro municipio. Tuve la oportunidad de hablar con todas sus familias con motivo del homenaje que tributamos a las víctimas en recuerdo de lo que fueron y en reconocimiento a lo que sufrieron. Tengo en la memoria a todas y cada una de ellas.
Un día de septiembre de 1998, salí temprano de casa. Mientras conducía escuché en la radio la noticia de que ETA declaraba un alto el fuego. Parecía una decisión seria y firme. Iba solo en el coche y recuerdo que lloré. Un llanto mezcla de muchas emociones, recuerdos y esperanzas. Desgraciadamente la tregua fue un espejismo. ETA volvió a las armas y a demostrar que siempre ha actuado tarde y mal. Hubo más treguas en el camino, tras Lizarra llegó Loiola, pero el escepticismo se adueñaba cada vez más de todos nosotros.
Por fin, el 20 de octubre de 2011, ETA dejó definitivamente las armas. Reconozco que, después de tanto sufrimiento, esta vez recibí la noticia con una extraña mezcla de esperanza y desesperanza, sosiego y desasosiego, alivio y prevención. No cabe duda de que la noticia era muy importante para la sociedad vasca, pero ya no fue lo mismo para mí y, creo, tampoco para nuestra sociedad.
Escribo este artículo en el inicio del año 2017. En octubre se cumplirán seis años de la tregua unilateral y definitiva por parte de ETA. Hemos pasado del duro invierno a la primavera. Los últimos años de ETA fueron duros, muy duros. Años de sufrimiento y terror, también de distanciamiento. En aquellos momentos se fue abriendo una brecha, el PP y el PSOE iban de la mano sin querer siquiera escuchar al PNV. En aquellos años se tejieron reformas legales que podemos enmarcar en el ámbito de la excepcionalidad. Así, en 2003, en la segunda legislatura del presidente Aznar, se aprobaron una serie de leyes orgánicas que, entre otras cosas, tenían como objeto bloquear la aplicación del artículo 25.2 de la Constitución Española: “Las penas privativas de libertad (...) estarán orientadas (...) hacia la reeducación y la redención social...”
La realidad de 2003 no tiene nada que ver con la de 2017. El terrorismo ha terminado y es evidente que, en una realidad sin violencia, es necesaria una arquitectura jurídica diferente. Este es el sentido de la política, saber leer la realidad del momento y saber utilizar diferentes herramientas que se adecuen a esa realidad y respondan a las necesidades de cada momento.
Hoy vivimos un tiempo de ausencia de violencia y defiendo la necesidad de aplicar una política de normalidad penal y penitenciaria. Se ha iniciado una nueva legislatura y el presidente Rajoy afirma que los tiempos han cambiado y que el diálogo va a ser el eje principal de su Gobierno. Aquí tiene una oportunidad de demostrarlo, porque la Paz y la Convivencia es una de las cuestiones cruciales de la agenda vasca: avanzar en la normalización de la convivencia en el seno de la sociedad vasca después de tantos años de sufrimiento. Para ello es imprescindible, primero, que se fundamente un diálogo real y sincero entre el Gobierno español y el Gobierno vasco. Es hora de que se trabaje, desde la lealtad mutua, con la mayor sintonía y de manera coordinada entre ambos Ejecutivos.
Son muchas las cuestiones pendientes para asentar la convivencia futura pero, no cabe duda, de que la adecuación de la política penitenciaria a la nueva realidad es una de ellas. Una vez que ETA ha hecho pública su decisión unilateral de dejar las armas y, además, ha mostrado una voluntad manifiesta de entregarlas, no tiene sentido mantener la política de excepcionalidad que supone el alejamiento de las personas presas. En este momento es incomprensible la cerrazón del Gobierno de Rajoy y su negativa a aplicar el objetivo del artículo 12.1 de la Ley Orgánica Penitenciaria, que posibilita un proceso de acercamiento de presos a cárceles próximas a sus lugares de residencia y evita el desarraigo social de estas personas. Adoptar esta decisión supone cumplir con una función humanitaria hacia las familias de los presos, que muchas veces se ven obligadas a realizar cientos de kilómetros para poder visitar a sus familiares.
Es preciso recordar, también, que es la propia legislación penitenciaria en vigor la que posibilita el establecimiento de soluciones humanitarias para las personas presas enfermas. Hay personas en esta situación, la Ley permite una actuación diferente y el momento que vivimos así lo aconseja. Siguiendo este criterio se cumpliría, de una manera mucho más adecuada, el objetivo constitucional de facilitar la reinserción de la persona presa. Es indudable que llegará el día en que estas personas habrán cumplido sus penas, saldrán libres y la sociedad tendrá que trabajar por su reinserción.
La semana pasada tuve la oportunidad de visitar, junto a una delegación de la comisión de justicia del Senado, la cárcel de Alcalá Meco, con unas instalaciones totalmente obsoletas. Tuvimos la oportunidad de hablar directamente con los funcionarios. Pregunté si los presos que ocupaban aquellas instalaciones tan antiguas preferían pedir el traslado a otras cárceles más modernas. La respuesta fue que no. En realidad un factor determinante para la persona presa es permanecer lo más cerca posible de su entorno familiar. Eligen esta cercanía aunque tengan que permanecer en peores condiciones. La normativa vigente pide que el preso redima su pena cerca de su entorno familiar. Esta regulación es de aplicación tanto para los presos comunes como, también, para los condenados por pertenencia a banda armada.
Considero que la grandeza de la democracia está precisamente en facilitar la concordia, en tratar de favorecer la convivencia; y, sobre todo, en aplicar los principios de la ley, sabiendo adaptarla a la realidad de cada momento que vivimos. Desde el respeto al espíritu y la letra de la Ley merece la pena mostrar y demostrar la generosidad que nos acerque a una sociedad en paz y convivencia. Una sociedad mejor.
 
Artículo publicado el pasado miércoles en Vozpopuli.


 


 



domingo, 22 de enero de 2017

Obama y Trump


Obama y Trump
Confieso mi admiración por Barack Obama, a quien considero un líder político carismático. Una persona capaz de transmitir honestidad y cercanía; capaz de convencer a la sociedad de que había una nueva forma de hacer política y que era posible trabajar por un futuro mejor. Él mismo lo denominó la “audacia de la esperanza”, poniendo énfasis en aquellos ideales que unían a toda una nación, más allá de su color político.
Admito que no ha logrado todo lo que ambicionaba; muchas promesas se han quedado por el camino, pero creo que ha sido un Presidente que se despide con un legado transformador en la política doméstica y que ha dejado también su impronta en la escena internacional. Defiendo este balance positivo porque soy consciente de las restricciones que impone la complejidad de la Administración americana y porque no debemos mitificar la posición de un primer mandatario por influyente que pueda ser. La acción de un Presidente durante ocho años difícilmente podrá cambiar la realidad de una sociedad tan compleja como la norteamericana. Los Estados Unidos son mucho más que el inquilino de la Casa Blanca.
Esta reflexión es de aplicación también para comprender qué es lo que puede ocurrir con el ya nuevo Presidente Donald Trump estos próximos años. Se va a ver sometido a la misma Administración, va a tener que gobernar a los mismos 320 millones de ciudadanos norteamericanos y gestionar los equilibrios de poder con los mismos 50 Estados de la Unión. Doy por supuesto que su poder presidencial se va a encontrar con idénticos problemas y los mismos límites, en una democracia consolidada y notoriamente eficiente como es la norteamericana. Además, acaba de dar el salto de candidato a presidente y, como es obvio, la libertad de acción y sobre todo de discurso de un candidato no es la misma que debe respetar un presidente que se enfrenta a la realidad de Washington. La responsabilidad y el cotidiano impacto de la realidad constriñen las posibilidades de acción de un Gobierno, y esto es universal: pasa en Tolosa, en Gipuzkoa o en los Estados Unidos de América.
Es cierto que el nuevo Presidente va a contar con una gran ventaja adicional, dado que dispone de la mayoría absoluta en las dos cámaras legislativas, una situación que los republicanos no conocían desde el año 1928. Pero, en cualquier caso, no creo que vaya a poder librarse de una oposición firme y férrea del Legislativo. El pasado año tuve la oportunidad de tomar parte en una visita oficial a la Cámara de Representantes en Washington. Llama la atención el alto rendimiento e implicación de los equipos de trabajo, así como los equilibrios de poder que se conjugan a la hora de tomar decisiones políticas, por lo que me cuesta imaginar un “camino de rosas” para las iniciativas que el nuevo Presidente vaya a plantear en el Congreso. Me consta que, en el momento actual, las relaciones internas en el seno del Partido Republicano se ha suavizado, pero la campaña se ha caracterizado por el tono distante, cuando no de reprobación, de los nombres más relevantes del “GOP”, el denominado Great Old Party. Contra todo pronóstico, el advenedizo Trump les ha ganado provisionalmente la partida, ha sabido conectar con las bases, pero las estructuras del partido no van a hipotecar su futuro por un presidente que no sea capaz de respetar de una manera consistente los códigos y valores republicanos.
Este es el contexto de una realidad incontestable: las promesas y propuestas de campaña de Donald Trump siguen suscitando mucha desconfianza y demasiado desasosiego. Sus discursos electorales han aventurado una peligrosa transformación de la dirección de la política exterior estadounidense. El nuevo presidente republicano ha puesto el “dedo en la llaga” y ha soliviantado a los líderes europeos, apoyando el Brexit, minusvalorando el peso y la capacidad de la Unión e, incluso, invitando a nuevos países a abandonar el proyecto común europeo. Sus declaraciones han suscitado la incertidumbre y el recelo tanto en Oriente Medio como en otros países americanos. En su relación con Rusia ha establecido un sospechoso puente de comunicación con un país que parecía ser hasta ahora un enemigo histórico. La línea seguida en los meses previos a su elección nos hace interrogarnos sobre sus intenciones reales en relación a la política exterior de Estados Unidos. En este momento no sabríamos anticipar si va a optar por seguir sorprendiendo con la imprudencia de muchas de sus afirmaciones o si, tras la efervescencia electoral, se inclinará por asumir la trayectoria histórica de la acción exterior de un país clave en el equilibrio internacional durante las últimas siete décadas.
Lo cierto es que este preocupante panorama de “aislacionismo populista” es el que ha asomado en el discurso inaugural del nuevo Presidente Trump. “Desde este día, América primero”. Este ha sido el eslogan de Trump en su primer discurso como Presidente; una obviedad aderezada de rancio populismo patriótico. Barack Obama ha advertido que vigilará de cerca la labor del nuevo Gobierno y que, en aquellos asuntos en los que considere que se rompen los principios básicos, luchará por defender los intereses de la ciudadanía americana. Me adhiero a las personas que han manifestado en todo el mundo el deseo de que Barack Obama pueda ejercer el papel de “centinela del sueño americano” y, por ende, de los principios y valores compartidos en occidente. Ahora bien, soy realista y comprendo que es muy probable que su hoy sólido liderazgo pueda ir languideciendo, tal y como hemos visto en el caso de algunos de sus predecesores.
Creo en Europa y en nuestra potencialidad en la escena internacional, por eso esta semana participaré en las reuniones de un Consejo de Europa al que acudo con la intención de compartir estas preocupaciones. Soy consciente de que va a ser necesario que todos los países europeos en unión permanezcamos vigilantes ante una política exterior estadounidense imprevisible y que puede tener nefastas consecuencias, caso de que se ejecute al servicio de la gloria personal de un singular empresario jugando a todopoderoso líder de occidente.

viernes, 20 de enero de 2017

Trump y una oportunidad para Europa
 
Donald Trump se está convirtiendo día a día en el paradigma de los caminos paralelos por los que discurre la realidad social y la comunicación política, esos que convergen solo cuando se producen cambios de rumbo. Esta distancia me reafirma en la idea de que políticos y ciudadanos nos movemos por registros y vías muy diferentes. Europa aplaude el discurso público de Obama pero desde hoy, 20 de enero, Trump será el nuevo Presidente de los Estados Unidos. Hemos escuchado una frase reiterada por analistas, políticos y periodistas: “Esto no puede pasar”, pero es “esto” precisamente lo que va a pasar y la cuestión merece una reflexión en profundidad.
 
Nadie en Europa pensó que Trump podía representar una amenaza real. Se pensaba que su campaña quedaría en una mera anécdota, más propia de un episodio de Los Simpson que de un libro de crónica política, pero no cabe duda de que hoy pasaremos de lo anecdótico a lo histórico sin haber sido capaces de anticiparlo. Las encuestas, la sociología o, incluso, la propia demografía de nada han servido para adelantar los resultados de la campaña americana, en la que los ciudadanos no han votado ideas, no han elegido propuestas, no se han dejado llevar por argumentos, porque allí solo había emociones. El candidato republicano ha tenido la capacidad de apelar al lado menos racional y más sentimental de los votantes; ha sabido despertar el miedo, recordar la decepción, amplificar el enfado y suscitar el odio. Ha acertado a gestionar estas emociones con un resultado óptimo para sus intereses. Ha jugado y ha ganado.
 
Mientras, su oponente, la candidata con mayor experiencia política, a pesar de contar con el apoyo de los editoriales de los principales periódicos, de los intelectuales, de los nombres más emblemáticos en la industria cinematográfica y, sobre todo, de ese referente de la esperanza del cambio hecha realidad como es el Presidente Obama, fue incapaz de motivar a sus seguidores.
 
Hillary Clinton fue vista como la candidata del stablishment, de las élites. Representaba a la política y a los políticos tradicionales, aquellos que habían fallado a la clase trabajadora, aquellos que habían sido incapaces de ofrecerles soluciones y, paradójicamente, su oponente, un empresario sin escrúpulos, misógino y racista, lograba el favor de la mayoría para ser elegido Presidente. Clinton fue incapaz incluso de consolidar el voto demócrata que había confiado en Barack Obama. Lo cierto es que Donald Trump, con un lenguaje sencillo y visual, sin un ápice de corrección política, haciendo valer su condición de outsider alejado de las elites de Washington, supo atraer el voto de millones de ciudadanos.
 
Como dice James Ellroy, “la hagiografía convierte en santos a los políticos mediocres y corruptos, y reinventa sus gestos más oportunistas para hacerlos pasar por acontecimientos de gran peso moral.” Tal vez vaya a ser también el caso del Presidente Trump. De cualquier modo, sea cual sea su verdad, lo cierto es que su irrupción ha generado un cambio de rumbo y a este lado del Atlántico comenzamos a pensar en las innumerables incertidumbres que su Administración va a suscitar. Muy especialmente desde el punto de vista de la seguridad global.
 
Iniciamos un periodo de interrogantes. Un periodo en el que la “condición crítica”, el “estado de emergencia” de la política internacional marcará, sin duda, la agenda de los problemas globales, que solo pueden encontrar una solución multilateral. El horizonte europeo se dirime en un espacio que es abierto y compartido, ya no hay bloques ni decisiones unilaterales. El mundo es multipolar y nuestra prosperidad y nuestra seguridad van a depender del papel que queramos o, más bien, que seamos capaces de jugar en este nuevo escenario. La cuestión fundamental es si vamos a tener la destreza, a este lado del Atlántico, de liderar el futuro y convertir la era Trump en una oportunidad para nuestros ciudadanos. Nuestra obligación es aprovechar ese vacío y encabezar un proceso de globalización que se asiente en un ideario más humano y más social; tratando de revertir la nefasta tendencia actual y logrando que la diferencia entre las clases más pudientes y las clases medias sea cada vez menor.
 
Tal y como se comprometieron hace unos meses los líderes europeos en Bratislava, debemos ofrecer a nuestros ciudadanos la visión de una UE atractiva que pueda inspirarles confianza y ganar su apoyo. Es necesario, para ello, un cambio radical en los proyectos de seguridad europeos y en el presupuesto que se dedica a los mismos. Esto sólo va a ser posible si ponemos las bases para avanzar en la construcción de un espacio común cuyo centro sean las personas, más allá de los Estados; en una Europa de los pueblos, consciente de que la diversidad de identidades, la pluralidad de lenguas y culturas es en realidad nuestro mayor activo para la convivencia y para compartir un proyecto común. Nos corresponde avanzar desde la integración y devolver el protagonismo a 500 millones de ciudadanos con un proyecto creíble que impulse los cauces adecuados para alcanzar la máxima legitimidad democrática.
 
Es evidente que los europeos no somos inmunes a un populismo que encontró en el desencanto de la crisis de 2008 el terreno más propicio para su expansión. Podríamos enumerar líderes políticos en Francia, Holanda, Hungría, Italia, Austria o Alemania que guardan enormes similitudes con el magnate americano y con lo que representa. Lo que algunos medios han calificado como “Euro-Trumps” no difiere mucho de ese populismo xenófobo, impostado y proteccionista basado en el discurso del miedo. Donald Trump es un modelo para estos movimientos anti europeístas pues ven en él el primer eslabón de una cadena de cambios. Por eso es precisamente inquietante la frase con la que Marine Le Pen saludaba su triunfo no como “el fin del mundo sino como el fin de un mundo”. Imagino que la dirigente del Frente Nacional estaría pensando en ese mundo que anhela, cerrado e insolidario, basado en enfatizar la divergencia y enfrentar a las sociedades, en polarizar y generalizar la distancia entre el “nosotros” y el “ellos”, un mundo que crece a costa de criminalizar al diferente.
 
Todavía guardo en la retina la imagen de Trump y Farage aplaudiendo el resultado del referéndum sobre el Brexit. Desde luego hay una enorme incertidumbre sobre los objetivos políticos del nuevo inquilino de la Casa Blanca, pero lo que nadie duda es de su desprecio hacia lo que la Unión Europea representa y su hostilidad hacia el espacio de prosperidad que constituye, de ahí que se haya convertido en uno de los principales respaldos de la salida de los británicos del Club de los 28 y no haya dudado en alentar la partida de nuevos países del bloque. El nuevo presidente norteamericano ha manifestado en numerosas ocasiones que una de sus prioridades será firmar un acuerdo bilateral, transparente y justo con el Reino Unido, con el enorme coste político y económico que esto puede representar para el resto de europeos.
 
No podemos ignorar este desafío. Pese a todas las imperfecciones de nuestra Unión, del malestar profundo de nuestros ciudadanos, de la fragmentación y de la desconfianza, es el momento de consolidar y fortalecer nuestras instituciones y, desde los valores que compartimos, dar una respuesta creíble para resolver, de una vez por todas, esa crisis existencial que nos persigue. No conocemos la política que EEUU desarrollará durante los próximos meses y años; pero es evidente que será una política diferente; Europa también está sumida en una crisis de identidad y también tiene que alumbrar un camino diferente. Por eso pienso que esta es una buena oportunidad; porque perduran los motivos por los que comenzamos un proceso de integración; porque en realidad los 27 Estados que componen la Unión tienen ante sí el desafío de iniciar una nueva etapa de desarrollo, centrada en la persona, una persona que comparta, participe y recobre la confianza en sus propias instituciones europeas. ​
 
Artículo publicado el pasado miércoles en Vozpopuli.
 

viernes, 13 de enero de 2017


El Delegado
En mis tiempos de estudiante era habitual que, cuando un profesor se ausentaba del aula, dejara al cargo de la clase a un “Delegado” encargado de vigilar el comportamiento de sus compañeros. Recuerdo que había quienes, crecidos ante su efímera autoridad, se excedían en su celo apuntando nuestros nombres en la pizarra cada vez que hablábamos para que, a su vuelta, el maestro de turno tuviera a bien aleccionarnos por nuestro mal comportamiento. Eran procedimientos que, sin duda, no casan con el actual sistema pedagógico y no serían admisibles por los docentes de hoy en día.
Traigo estos recuerdos a colación, porque la figura del Delegado del Gobierno Español me retrotrae a épocas pasadas, en las que la eficiencia en la gestión no era lo que más se valoraba en la Administración. El Delegado del Gobierno, al menos en Euskadi, con su actitud y comportamiento durante esta última legislatura, no ha hecho honor a la primera responsabilidad que le asigna la propia ley que posibilita nombrarle, esto es, “mantener las necesarias relaciones de cooperación y coordinación (…) con las Administraciones de la Comunidad Autónoma y con las correspondientes Entidades locales”. Esta función ha brillado por su ausencia durante estos cinco últimos años.
La pasada legislatura ha sido una de las más complicadas para las Administraciones vascas en sus relaciones con el Gobierno Español. Hasta el último día, cuando fue cesado de su cargo el pasado 30 de diciembre, el Delegado del Gobierno ha mantenido el impulso político que le ha llevado a presentar más de mil recursos contra decisiones adoptadas por las instituciones vascas. Su “regalo de despedida” ha sido tratar de impedir que el Gobierno vasco pueda fijar el horario de sus propios trabajadores públicos y recurrir nuevamente la Oferta Pública de Empleo de la Ertzaintza. Este caso es especialmente incomprensible porque se produce por tercera vez consecutiva y pese a tratarse de una decisión aprobada en el seno de la Junta de Seguridad. Esta Junta de relación bilateral, en la que toma parte el Ministerio del Interior, aprobó la necesidad de renovar la plantilla de la Ertzaintza y, esta decisión que permite el relevo generacional de la Policía Autónoma y garantiza su dotación con 8.000 agentes, fue avalada por el Parlamento vasco, con el voto afirmativo del propio Partido Popular.
Son los dos últimos ejemplos de un Delegado del Gobierno Español que ha olvidado sus funciones de cooperación y coordinación con las instituciones vascas. Su obsesión ha sido la presentación permanente de recursos, muy especialmente la constante persecución de decisiones tendentes a garantizar la cooficialidad del euskera, idioma oficial en Euskadi, mal que le pese. Ha adoptado una actitud persecutoria que le ha llevado a batir todos los records con cientos de recursos cuestionando el uso del euskera en los Ayuntamientos vascos.
El lustro del Delegado que representa al Gobierno de la mayoría absoluta del PP ha terminado y, desde este lunes, es Javier De Andrés el encargado de velar por el orden en el ‘aula vasca’. Hay quien ha querido interpretarlo como un gesto del Partido Popular hacia el Partido Nacionalista Vasco tendente a ganar un eventual apoyo a los Presupuestos Generales del Estado. No creo equivocarme si afirmo que quien piensa esto no conoce al PNV, y tampoco al PP. En cualquier caso el primer “apunte en la pizarra” del nuevo Delegado no ha sido muy alentador, porque ha pretendido dar cobertura pública a todos los recursos interpuestos por su antecesor. Mal comienzo para quien pretende abrir una nueva vía de relaciones, sobre todo porque parece poner de manifiesto que la realidad auténtica es que el cambio no se produce por convicción sino por necesidad. Recomiendo al nuevo Delegado que comience por leer, asumir y practicar la Ley y ponga en práctica su primera función de cooperación y coordinación que le asigna la normativa que tanto afirma defender.
El Partido Nacionalista Vasco ni ha avalado ni va a avalar la necesidad de la figura del Delegado del Gobierno Español en Euskadi. En cualquier caso y, pese a todo, vamos a seguir recordando que su labor debería estar presidida por la voluntad de facilitar las relaciones institucionales y no por dificultarlas. Sería conveniente aplicar un cambio de actitud radical, demostrar con hechos que se pretende avanzar desde el diálogo leal, que se apuesta por la búsqueda de una complicidad y trabajo conjunto entre las Administraciones públicas respectivas. Demostrar con hechos que se trata de empatizar con la realidad social de Euskadi y las instituciones que la representan, en lugar de tratar de imponer el criterio unilateral del Gobierno Español. En el inicio de esta nueva etapa, el PP tiene que ser consciente de que con el tipo de actitudes que ha mantenido se ha ido enrocando en una posición de soledad que lo ha convertido en un partido minoritario en Euskadi. Es evidente que vivimos un nuevo tiempo en Euskadi, y ver al PP empeñarse en su cerrazón ante temas tan importantes para el futuro de nuestro País como la pacificación, la normalización y la convivencia, no ha hecho más que generar la incomprensión y la distancia de una amplia mayoría de la sociedad vasca.
Soy y quiero ser positivo. Por ese motivo, reconozco como un avance el hecho de que en el acto de toma de posesión, el nuevo Delegado del Gobierno hiciera mención expresa a la singularidad foral vasca y a los derechos históricos amparados por la Constitución, aspectos ambos a tener muy en consideración. Reconozco también que la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, hizo mención a la necesidad de un diálogo sin imposiciones. Es un deseo que suscribo, sin lugar a dudas.
Doy por sentado que sus deseos y los míos no se van a ajustar a la misma sintonía, pero quiero pensar que el nuevo Gobierno Español y su nuevo Delegado son conscientes de la necesidad imperiosa de un cambio de rumbo radical en Euskadi. Quiero pensar y creer que han llegado al convencimiento de que la actitud que han mantenido con respecto a las instituciones vascas durante estos años no ha resultado beneficiosa para nada, ni para nadie, comenzando por el propio Delegado ahora sustituido. Quiero pensar y creer que, en el inicio de esta nueva etapa, el nuevo Delegado va a tomar nota de las cuestiones planteadas en la agenda vasca y va a comenzar por borrar las palabras recurso e imposición para anotar en la pizarra las palabras cooperación y colaboración. Así lo espero, deseo y recomiendo.


Artículo publicado el pasado miércoles en Vozpopuli.


 


 



viernes, 6 de enero de 2017


Crisis, Unión Europea y futuro

Nos ha correspondido vivir un tiempo de cambio en todos los órdenes de la vida: cambios sociales, económicos, también cambios políticos; todo ello en un nuevo escenario global, más abierto y competitivo. Tras ocho años de crisis y paulatino empobrecimiento, esperábamos que 2016 supusiera el final de un ciclo y pudiéramos iniciar el nuevo año sobre unas bases más sólidas y estables, especialmente en el terreno económico. Ahora comienza un nuevo año y constatamos que se ha producido un avance, pero sabemos también que los próximos años van a seguir siendo de incertidumbre y, nuevamente, de cambio.
La crisis económica que tanto nos ha hecho sufrir en estos últimos tiempos sigue presente y presagia amenazas en el horizonte; se mantiene la preocupación por el envejecimiento que sufre Europa; hemos conocido nuevos datos que nos preocupan, cuestiones como el cambio climático o el terrorismo que últimamente estamos sufriendo de una manera más acuciante, se mantienen en la agenda y generan gran inseguridad e inestabilidad en la mirada al futuro. Se trata de asuntos que nos obligan a repensar nuestro modelo y a volver a plantear la recuperación de unos valores que asienten una convivencia más armónica.
Es evidente que vivimos en una sociedad de riesgos globales; esto significa que las soluciones que apliquemos deberán incorporar esa visión global, responder a una estrategia compartida y aplicarse de forma conjunta. Este debe ser el criterio para responder de una forma efectiva a las necesidades de la sociedad en el siglo XXI. Esta formulación es válida para Euskadi, también para España y para el conjunto de la Unión Europea.
Uno de los grandes desafíos a los que vamos a tener que hacer frente y responder es el de la demografía. Euskadi es un buen botón de muestra en relación a esta cuestión, porque coexiste una de las esperanzas de vida más elevadas del mundo con uno de los índices de fecundidad más bajos. Hoy en Euskadi, la demografía ha pasado a formar parte de la agenda institucional y política como una de las cuestiones que demandan una estrategia compartida.
La esperanza de vida en la Unión Europea es de 79 años para los hombres y 85 para las mujeres; en el Estado español, es de 80 y 86 años respectivamente. Los expertos afirman que la esperanza de vida presenta una tendencia de crecimiento paulatino y podrá aumentar unos 3 o 4 meses por año. Esto nos lleva a constatar una evidencia: la caída vertiginosa del coeficiente de población activa/inactiva. Las consecuencias en el corto y medio plazo son evidentes, por lo que los Gobiernos tienen que actuar de una manera urgente en relación a cuestiones básicas como la natalidad y el apoyo a las familias.
El diagnóstico de situación es claro y compartido: si no se adoptan medidas rápidas y adecuadas, si no se invierte esta tendencia de forma eficaz, es inevitable que algunas de las bases del estado del bienestar se vean cuestionadas. No va a ser posible, en las circunstancias actuales, garantizar la perdurabilidad y sostenibilidad del estado de bienestar que hemos conocido hasta la fecha. Estamos hablando de la garantía de las pensiones, de la prestación de los servicios públicos esenciales y, en general, del sistema de protección social.
Es ineludible asumir que para repartir riqueza es necesario crearla. La economía occidental del bienestar demanda un sistema productivo que la sustente, una reactivación de la capacidad de generar riqueza y una política fiscal eficiente, tanto en su contribución a la generación de actividad como en su vertiente redistributiva.
Nos consta que no vamos a ser capaces de responder únicamente con parámetros de natalidad; el debate sobre la inmigración lo vamos a tener que analizar y solucionar. Tenemos que dilucidar desde una visión compartida las vías para construir una sociedad más abierta al diferente y auténticamente inclusiva. Así, es muy relevante que nuestras sociedades asuman y pongan en marcha unas políticas de integración dirigidas a incorporar con normalidad a aquellas personas con un origen diferente al nuestro.
Tal y como ha quedado indicado, un eje estratégico que va a requerir nuevas respuestas en el futuro inmediato es el que tiene que ver con la seguridad. Hemos conocido, durante la segunda mitad del siglo XX, un orden mundial sustentado sobre el equilibrio entre dos bloques. Hemos conocido también, en el arranque del siglo XXI, un equilibrio asentado en una relación multipolar, pero con un claro liderazgo de los EEUU. Hoy comprobamos la influencia que el terrorismo internacional está ejerciendo en diferentes actores. Así, hay quien considera que lo que está ocurriendo en Siria es algo muy parecido a lo que podría definirse como una III Guerra Mundial. Es un conflicto local, pero dada la cantidad de actores que intervienen en el mismo y vistas sus consecuencias, su dimensión es global. En la propia Unión Europea, estamos viviendo la incapacidad de dar una respuesta integral al drama de las personas refugiadas.
Es imprescindible que Europa se replantee su posicionamiento ante esta realidad; en mayor medida, si atendemos a la influencia futura que van a tener dos realidades próximas como son la salida del Reino Unión de la Unión Europea o el hecho de que Donald Trump vaya a ser en breve el Presidente de los EEUU. Iniciamos un nuevo año con la certeza de que vamos a vivir acontecimientos que van a influir y tener consecuencias que afectan a la seguridad y a la defensa de Europa. Se hace más necesaria una política europea de seguridad y defensa común ante temas con el terrorismo, los ciberataques, la situación en Oriente Medio o las relaciones con Rusia. Son problemas de nuestro día a día que demandan una gestión compartida y exigen mucha prudencia, sensibilidad y visión a medio plazo.
Este es el panorama general al que se enfrentan los diferentes Gobiernos a la hora de establecer las prioridades para el futuro más inmediato y, más a corto plazo, en el momento de elaborar el plan de legislatura y aprobar un proyecto de presupuestos. Estas son cuestiones básicas a la hora de establecer una estrategia y, algo que tenemos que tener muy en cuenta, las previsiones económicas con que contamos.
La economía es global, está interconectada, y la incertidumbre ocupa un espacio clave. La UE no puede perder esta perspectiva. Todos los Gobiernos tienen que tener una referencia clara a futuro. Es cierto que, tanto en Euskadi como en España, se está afianzando la recuperación económica; si la UE ha crecido a un ritmo del 2,3%, la economía española lo ha hecho a un 3,2%, Francia a un 1,3% e Italia a un 0,8%. Euskadi ha crecido un 3%. La tendencia para 2017 se prevé similar, pero con unas cifras de crecimiento algo inferior.
La Unión Europea se ha visto favorecida por los bajos precios del petróleo, la política monetaria expansiva y la propia debilidad del euro. Pero Europa tiene sus propias incertidumbres, la citada crisis de refugiados, los tipos de interés negativo, la política de austeridad y la previsión de que el Reino Unido abandone la Unión Europea.
En este panorama, nada fácil, entiendo que responder a las necesidades básicas de las personas tiene que ser un principio irrenunciable de la acción de todo Gobierno. Esta respuesta demanda escucha, cercanía y complicidad. En este sentido, comparto el pronóstico realizado por el Think Tank Laboratoire Européen d'Anticipation Politique, que predice el fracaso de la Unión Europea si no se democratiza. Este es, sin duda, el reto de todos los retos, porque en la era global más democracia significa también mayor capacidad de escucha y de respuesta a las necesidades de las personas.
  

Artículo publicado el pasado miércoles en Vozpopuli.