sábado, 7 de octubre de 2017

Catalunya, un nudo sin desenlace

Estuve en Catalunya el pasado fin de semana. Viví el 1 de octubre en Barcelona con la sensación de asistir a un acontecimiento no sé si histórico, pero sí extraordinario. Recorrí sus calles, charlé con sus gentes. Compartí sus sueños, sus esperanzas, sus dudas, sus miedos, su incomprensión... Lo que más llamó mi atención fue la ilusión de miles y miles de catalanes ante la inminencia de poder expresar su opinión. Visité varios colegios el sábado. El ambiente festivo reinaba entre las personas que trataban de garantizar que al día siguiente votara quien quisiera hacerlo. La misma atmósfera presidía la mañana del domingo cuando, tras abrir los colegios, pareció esfumarse el riesgo del cierre por la fuerza. Nada hacía presagiar lo que después ocurrió. Se confiaba en que prevaleciera el bien superior, la seguridad de las personas, de ahí que sorprendiera e indignara la brutal respuesta de las fuerzas policiales, que cargaron contra quienes solo pretendían votar de forma pacífica. Y lo que empezó como una fiesta ciudadana, cívica y pacífica acabó como el rosario de la aurora.
Las imágenes de las cargas policiales han recorrido Europa y el mundo, donde pocos llegan a comprender esa inusitada violencia. El error del Gobierno español fue mayúsculo: si la violencia no impidió que la mayor parte de la ciudadanía catalana votase sin problemas, el resultado combinado de las ‘porras españolas’ frente a las ‘urnas catalanas’ ha incrementado el descrédito de la imagen de España.
Más de dos millones de personas no están por la labor de dar más margen al Estado español. Se sienten desilusionadas. La desatención, el desinterés y la desidia permanentes de los poderes centrales les han distanciado tanto del Estado español que ya no lo sienten como propio. El Gobierno de Rajoy no ha sabido leer esa situación y se ha limitado a esgrimir como único argumento el del más estricto cumplimiento de la ley, sin caer en la cuenta de que la situación actual demanda altura de miras.
Mi labor como senador me llevó el lunes de Barcelona a Madrid, y el giro fue copernicano. El número de banderas españolas en los balcones de la Corte se ha disparado. Pero ni en sus calles ni en su Cámara Alta detecté la ilusión y el ánimo que percibí en Catalunya. Al contrario. Compañeros de otros partidos me trasladan estos días incertidumbre y pesimismo, tanto por la inestabilidad en el corto plazo como por las consecuencias en el largo. En los pasillos, los senadores del PP no disimulan su enfado por la posición del PSOE, que aceptó jugar como partido de Estado y se alineó inicialmente con el Gobierno de Rajoy para, a renglón seguido, criticar la labor policial e instigar la reprobación de la vicepresidenta del  Gobierno. A estas alturas, nadie debería rasgarse las vestiduras por el hecho de que algunos partidos se vayan posicionando de cara a unas eventuales elecciones. Su actitud, eso sí, nos llena de pesimismo pues anteponen su ‘juego pre-electoral’ a su deber de resolver el problema de Catalunya. Lo considero una grave irresponsabilidad.
Quien sí ha sorprendido ha sido el rey Felipe VI. Y muy negativamente. A diferencia del President Puigdemont, que en su mensaje televisado llamó al entendimiento, el Monarca se alejó más de Catalunya no tanto por su férrea defensa del cumplimiento de la ley (que también) sino por sus olvidos. Los dos más flagrantes, la ausencia de mención alguna a los cientos de personas heridas el 1-O y su consciente renuncia a pronunciar la palabra “diálogo” o cualquiera de los muchos sinónimos que le brinda la lengua española, la única que utilizó. El Rey desatendió su función de “arbitrar y moderar las instituciones”, que es la que le atribuye el artículo 56 de una Constitución que a los demás exige cumplir. Si en algún momento de la tarde del martes llegamos a albergar una mínima esperanza de que su intervención fuera a servir para alumbrar una salida, esta se desvaneció muy pronto con su indisimulado posicionamiento a favor de uno de los dos ámbitos institucionales en litigio.
Creo adivinarla, pero me gustaría conocer la opinión de Montesquieu ante el modo en que los tres poderes del Estado vienen operando en el asunto catalán. Es un pequeño alivio constatar que, al menos, el Partido Popular no controla totalmente el legislativo. De hecho, no ha recabado el apoyo del Congreso a su política territorial en Catalunya. Esto debería hacerle reflexionar sobre la bondad y la necesidad de escuchar otras voces que posibiliten una mayor adhesión y un acuerdo en clave democrática. 
La semana pasada reclamé a Soraya Sáenz de Santamaría un gesto que contribuyese a vislumbrar un futuro más optimista para las sociedades española y catalana. Ni lo hizo ni lo ha hecho. Es complejo, pero necesario, comprender que el otro está en una dificultad muy grande para aceptar el postulado del uno. Asumo que es casi imposible que Rajoy acepte un referéndum que pueda llevar a la independencia de Catalunya, del mismo modo que es muy improbable que Puigdemont acepte un acuerdo que no recoja la expresión explícita de la ciudadanía catalana. Pero ante una dificultad tan manifiesta, es imprescindible una disposición positiva al diálogo y el acuerdo.
No es ya tiempo de confrontar entre quienes cumplen la ley y quienes la incumplen. Esto ya no va de reprochar lo que se pudo haber hecho y no se hizo. La situación es extrema. Los puntos de vista son antagónicos y no hay ningún canal de comunicación abierto entre los Gobiernos español y catalán. En este contexto, y sin pecar de ingenuos, todas las opciones que permitan la construcción de puentes serán bienvenidas. Aplaudo todos y cada uno de los ofrecimientos de mediación. Y creo que la solución pasa por un foro en el que participen Rajoy y Puigdemont, con voluntad positiva y sin prejuicios ni condicionantes previos que limiten las posibilidades de acuerdo. Acuerdos a corto y a largo plazo: a corto, para aliviar la enorme tensión que reina hoy en Catalunya y en no pocos puntos de España; y a largo, para hacer posibles y viables opciones que hoy se nos presentan como imposibles de alcanzar.
A principios del siglo XX, quien fuera canciller y presidente federal austriaco, Karl Renner, describió los límites que el principio mayoritario establecía en los contextos de pluralidad nacional. Renner constataba que, dentro de Estados constitucionales, los partidos que representan a naciones demográficamente minoritarias no tienen perspectivas de triunfar en su lucha al resultar complicado que sus partidarios aumenten por encima de la demografía siempre mayoritaria del Estado al que pertenecen. Sin embargo, subrayaba que “tal lucha no queda eliminada, sino que la hace aún más encarnizada”. El Gobierno central no ofrece hoy ningún guiño a la sociedad catalana que se siente arrinconada y el discurso del Rey, enrocado, acrecienta aún más la desafección y la canaliza hacia esa “lucha encarnizada”. Ilustraba Aristóteles que para soltar un nudo primero hay que saber cómo está hecho. Es comprensible el desapego de una gran parte de la ciudadanía catalana, por lo que resulta necesario ser capaces, a través de la política y el diálogo, de ofrecer una salida sugerente, aceptando que, antes o después, cualquier solución deberá permitir pactar que tanto el pueblo de Catalunya, como el vasco, puedan decidir su futuro.
Mi artículo de opinión, hoy en Grupo Noticias.

http://m.deia.com/2017/10/07/opinion/tribuna-abierta/catalunya-un-nudo-sin-desenlace


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