sábado, 20 de octubre de 2018


Presupuestos vendo…
Se atribuye a quien fuera canciller alemán a finales del siglo XIX, Otto von Bismarck, haber acuñado el término Realpolitik; que viene a ser la política de la realidad, la que se basa en los intereses de un país de acuerdo con las circunstancias del momento, en lugar de seguir principios filosóficos, teóricos o morales.
La estruendosa irrupción de Podemos en el panorama político nos hizo llegar a todos de manera inmediata su intrépido ideario para cambiar el pecaminoso proceder de quienes consideran los viejos partidos, anunciando para ello el asalto a los cielos. Sin embargo, en su aún corta trayectoria, cada vez resultan más palpables sus contradicciones al oscilar entre seguir el dogma de sus ideales o abrazar la política de los problemas reales y, sobre todo, las soluciones realistas. Lo cierto es que la Realpolitik comparte su enfoque filosófico con el pragmatismo, por eso lo que tal vez busca Podemos es eso: ser práctico para trepar hasta los cielos. Solo así se explica que sean capaces de elevar su nivel de exigencia en Euskadi para tratar de desgastar al Gobierno Vasco, al mismo tiempo que lo rebajan en La Moncloa, donde perciben haber alcanzado un nivel cercano a ese paraíso al que vaticinaron llegar.
Resulta desconcertante la contradicción que supone la defensa que hizo hace una semana el secretario general de Podemos en Euskadi, Lander Martínez, de los acuerdos “arrancados” al Gobierno de Pedro Sánchez en la negociación de los presupuestos generales del Estado para 2019; una alianza que ponderó como ejemplo a seguir en Euskadi y que, sin embargo, recoge medidas de inferior calado a las que exigen al Ejecutivo del Lehendakari Urkullu para apoyar los presupuestos del Gobierno Vasco, e incluso inferiores a otras que ya se están aplicando en nuestra Comunidad. Medidas, sí, pero tomadas con diferentes varas.
En sus particulares tablas de la ley, al parecer de aplicación exclusiva en Euskadi, Martínez expuso quince quehaceres a cumplir por el Gobierno Vasco. El primer mandamiento demanda el rescate público de La Naval; una iniciativa loable, aunque su resolución es competencia del Gobierno central y no del de Gasteiz, además de que presenta una enorme complejidad económica y legal. Sin embargo, pese a la relevancia que se le otorga en la negociación con el PNV, no ocupa una sola línea en el acuerdo firmado entre Pablo Iglesias y Pedro Sánchez.
Además de lo insólito que resulta una rúbrica entre un Gobierno, el de Sánchez, y un Grupo Parlamentario, el de Podemos, no deja de sorprenderme la positiva visión que del acuerdo tienen los correligionarios vascos de Iglesias. En el mismo, por ejemplo, nada se dice contra las inversiones en el Tren de Alta Velocidad en Euskadi en contraste con la oposición que muestran al impulso que se da al mismo en las cuentas en Vitoria-Gasteiz. Estoy ansioso por saber qué posición tomarán los parlamentarios vascos de Podemos cuando se voten en el Congreso y en el Senado: si se guiarán por sus principios para Euskadi o si los mudarán para Madrid.
Tanto o más asombrosa aún es la asunción sin crítica del incremento en base al IPC de las pensiones por parte de quienes, hasta hace escasos días, denostaban sin paliativos el acuerdo que en similares términos obtenía el Partido Nacionalista Vasco con el PP que sustentaba el Gobierno de Mariano Rajoy. Y por si esto fuera poco, mientras, Lander Martínez y los suyos se alinean con las plataformas de pensionistas para demandar el incremento de las pensiones mínimas hasta los 1.080 euros en Euskadi cuando su partido no reclama esa cantidad a quien de verdad compete fijar la prestación. ¿Era bueno o no el incremento obtenido por el PNV en Madrid? ¿No era el acuerdo de Moncloa el modelo a imitar en Euskadi? ¿En qué quedamos?
Tampoco es entendible la calificación de “extrapolable a Euskadi” que Martínez atribuye al acuerdo en Madrid si atendemos al supuesto carácter progresista del incremento de los impuestos para reforzar el estado del bienestar. Lo digo porque, eso que ellos venden como un logro obtenido gracias a su influencia, mantiene una presión fiscal muy por debajo de la media europea y lejos de la que ya existe en la Comunidad Autónoma Vasca. En este ámbito, tampoco hubiera estado de más, por ejemplo, que una formación presuntamente progresista hubiera exigido a Sánchez que pusiera coto a las Sicav como se lleva haciendo en Euskadi desde 2009, cuando una reforma fiscal hizo que esas sociedades de inversión de capital variable dejaran de tener una benévola tributación del 1% y pasaran a pagar lo mismo que cualquier otra sociedad.
Es más fácil destruir que construir; criticar que elaborar. El mismo Pedro Sánchez lo ha podido comprobar nada más abandonar la oposición y encaramarse a atalaya de La Moncloa. El ejemplo más claro lo tenemos en el firme anuncio de que se dejaría de vender armas a Arabia Saudí que quedó en agua de borrajas al amenazar estos con anular la compra de varias corbetas que se construyen en Navantia. Todavía guardo en la memoria las declaraciones de la portavoz del Gobierno, la señora Celaá, justificando esa venta de armamento basándose en la inteligencia que este posee para destruir de manera selectiva. También en este caso se hizo presente la doble alma ‘morada’, con la defensa que hizo de esta transacción el alcalde gaditano, José María González ‘Kichi’, cuando anteriormente había sido duramente crítico con regímenes como el del reino arábigo.
Son innumerables los ejemplos que evidencian que una cosa es la política de salón y otra la política real. Lo que no parece de recibo ni comprensible, y menos aún en esta era de las comunicaciones globales, es que una misma formación diga una cosa y la contraria; que defienda unos postulados en una institución y que defienda otros en otra. No sé si era esto lo de la nueva política que anunciaban algunos o solo se trataba de alcanzar, o mejor dicho trepar, hasta los cielos.
Mi artículo de opinión, hoy en Diario Vasco. 

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