Mostrando entradas con la etiqueta Rajoy. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rajoy. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de noviembre de 2014

Un Parlamento amordazado




Algo grave pasa en un sistema democrático cuando un presidente de Gobierno, y responsable máximo del Partido Popular, se ve en la obligación de utilizar en su propio interés una comparecencia en el Senado para ofrecer, a modo de explosión controlada, una reacción que calme a la opinión pública y a la publicada ante los numerosos casos de corrupción que le rodean. El presidente español, Mariano Rajoy, sabía el pasado martes que estaba utilizando un burdo juego maniqueo, violentando los usos y costumbres de la Cámara Alta pero lo hizo. En una sesión de control al Gobierno, se valió de una pregunta sobre la pobreza para, sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, realizar una declaración que nada tenía que ver con el asunto tratado. Se valió de la situación para solicitar una disculpa verbal, a sabiendas de que no había posibilidad de réplica ni pregunta alguna.
El único objetivo de Rajoy era salir ante los medios de comunicación a decir algo, pero asegurándose a su vez de que nadie pudiera objetarle nada. No es la primera vez que lo hace. El presidente del Gobierno español y del PP se oculta tras el burladero, o tras la pantalla de plasma, y solo salta a la arena cuando cuenta con todas las ventajas y garantías de su mayoría absoluta. Es la ‘actitud Rajoy’: se escuda en su mayoría parlamentaria para eludir el debate social. Pero la sociedad pide más, especialmente tras una semana en la que Ángel Acebes, secretario general del Partido Popular nombrado por el propio Rajoy, ha sido imputado por un supuesto delito de apropiación indebida en la gestión de la ‘caja B’ de la formación conservadora.
La víspera de esta comparecencia, todos los grupos de la oposición en el Congreso de los Diputados habían pedido un Pleno especial para debatir una serie de medidas contra la corrupción. Lo habíamos hecho donde corresponde. La respuesta del PP no se hizo esperar y fue la esperada: NO. Una rotunda negativa bajo el pobre argumento de que lo único que la oposición quería era criticar al Gobierno. Al “día siguiente”, Rajoy utilizó para su muy medida disculpa por la corrupción la misma Cámara en la que el “día anterior” se había negado a adoptar medidas contra la corrupción. Es evidente que algo falla en el parlamentarismo español.
Algo falla en un sistema democrático en el que todas las fuerzas del arco parlamentario están de acuerdo en la necesidad imperiosa de reformar la Constitución, adecuar y actualizar un texto que está demandando respuestas diferentes ante realidades diferentes. El dinamismo de los nuevos tiempos y de las necesidades actuales lo reclaman a gritos, pero el PP lo está eludiendo sistemáticamente. Mantiene una incomprensible estrategia dilatoria y, en lugar de afrontar los problemas, los aplaza, con la inútil pretensión de que se resuelvan solos. Más ‘actitud Rajoy’. Esta actitud que evita todo debate y, por lo tanto, cualquier atisbo de acuerdo, se ha aplicado, de forma inexplicable, al tema de la corrupción. Una cuestión, una lacra, que el PP trata de eludir por todos los medios y con su batería habitual de tretas, despistes y ventiladores.
El problema es que el hedor es creciente e insoportable. El problema es que tanta corruptela no se puede ocultar. Y, así, la ciudadanía apremia medidas eficientes, porque necesita que el Parlamento se convierta en un espacio de transparencia en el que se adopten decisiones firmes y se controle su ejecución de forma clara. Es necesario, sin dilación, un proceso abierto de regeneración democrática, y el Parlamento tiene que impulsarlo, no ralentizarlo como pretende el PP de Rajoy.
Todas las medidas van a ser necesarias, a corto, medio y largo plazo: aumento de los recursos del sistema judicial, mayor número de jueces, mayor eficacia e independencia en los sistemas de control, garantía de transparencia, aumento relevante de los recursos para los Tribunales de Cuentas… No podemos continuar de la misma manera. No podemos continuar con discursos vacíos que no admiten debate público. El drama es pretender apuntalar la ‘actitud Rajoy’ ante una realidad que se desmorona.
Hay, en medio de este virulento rebrote de crisis de confianza que atraviesa la clase política española, una realidad incuestionable: también en esto, los vascos somos diferentes al resto del Estado. La clase política vasca (y no me refiero a unas siglas en concreto, ni siquiera a las mías, sino al conjunto del espectro político de Euskadi), posiblemente porque seamos un país pequeño, más fragmentado políticamente y en el que la ausencia de mayorías absolutas nos ha ‘condenado’ (bendita condena) a ese ejercicio tan sano y saludable que es el pacto y el consenso; ha interiorizado, y ha hecho suya, una forma de hacer política y de gestionar los recursos públicos que, parafraseando al presidente del EBB, Andoni Ortuzar, ofrece “muchos menos resquicios y muchas menos responsabilidades para los garbanzos negros que en otros lares”. Ahora bien, los políticos vascos no podemos caer en la autocomplacencia. Nadie está a salvo de la amenaza: ni EAJ-PNV, ni ningún otro partido vasco. Todos debemos mantener la guardia alta. Siempre. Debemos mantener el grado de tolerancia contra la corrupción en ‘cero’. También en la lucha contra esta lacra los vascos debemos ocupar y liderar la vanguardia. Con palabras y con hechos. Solo así podremos mantener y perpetuar esta honrosa excepcionalidad vasca.

Vencer los espacios de corrupción es una exigencia ética para cualquier ciudadano y, en mayor medida, para un representante político. La ciudadanía española, también la vasca, asiste acongojada a los numerosos casos de corrupción que se descubren día sí y día también. La gente de la calle, las instituciones, los representantes políticos necesitamos abrir, y que se abra, un proceso contundente de regeneración política. Lo necesitamos todos y nos beneficia a todos. Es imprescindible recuperar la confianza. Ese camino se recorre debatiendo y tomando medidas en la arena parlamentaria, no escondiéndose tras la barrera.

lunes, 6 de octubre de 2014

Por sus frutos los conoceréis…



No hace falta ser creyente ni seguir el evangelio para compartir las palabras de Jesús, recogidas en la Biblia por el apóstol Mateo, en las que advierte de los falsos profetas. “Por sus frutos los conoceréis…”, es una de las frases bíblicas que mayor eco ha tenido más allá del ámbito religioso.

Esta semana el Presidente del Gobierno español ha acudido al Senado y en el fragor del debate sobre el recurso a la ley de consultas catalana ha subido a la tribuna para declarar solemnemente: “Yo respeto las leyes y creo en el Estado de las Autonomías." Mariano no es Mateo, no es profeta y tampoco es un santo. En Euskadi le conocemos por sus frutos y sabemos que ni cumple la ley ni cree en el Estado de las Autonomías.

El debate se producía a raíz de la propuesta de la CORA por parte del Gobierno español. A quien no la conozca, se la podemos presentar como la Campaña Organizada para la Recentralización de las Autonomías. Para las personas más veteranas basta decir que la CORA es este siglo lo que fue la LOAPA en el anterior. La única diferencia es que hoy en día el inveterado afán político recentralizador se pretende vestir de razones de eficacia económica. Han pasado 30 años y la única novedad es terminológica, se ha sustituido la armonización por racionalización. Una nueva forma para el mismo fondo, una nueva andanada en contra del autogobierno vasco.

En su defensa de lo indefendible, el presidente Rajoy declaró que la reforma de la administración "no es un capricho del Gobierno ni de nadie, es una necesidad.” Efectivamente, es una necesidad, pero ¿para quién? Un estudio objetivo señalaría que la reforma de la administración debe de afectar a aquel Gobierno que cuenta con más organismos y que se encuentra con unas cuentas públicas menos saneadas y sostenibles. Un estudio objetivo señalaría que los organismos que el Gobierno español mantiene en Euskadi incumplen flagrantemente las previsiones estatutarias. Un estudio objetivo señalaría que la situación económica de la administración española con una deuda del 99% del PIB está más necesitada de racionalización que la vasca cuya deuda no supera el 15%. Esto diría un estudio objetivo pero, tal y como nos temíamos, la CORA no es un estudio objetivo. Eso sí, tiene un objetivo predeterminado que no es otro que arrumbar el autogobierno vasco.

La CORA si es un capricho del Gobierno español y la única necesidad real es que después de 35 años cumpla el Estatuto de Gernika y adecúe su administración en Euskadi a la auténtica realidad de sus competencias. No es de recibo que Rajoy afirme en una sede institucional que “respeta las leyes”, sencillamente el Estatuto es una ley que el Gobierno español ni cumple ni respeta.

Como tampoco es de recibo que venga a darnos lecciones. Sostiene Rajoy que la propuesta de la CORA es la prueba de que su Gobierno se ocupa de los problemas que importan a los ciudadanos, mientras estigmatiza al Partido Nacionalista Vasco por centrar sus preocupaciones en cuestiones más “políticas” como el autogobierno vasco. Ya va siendo hora de que se entere de que en realidad el secreto del bienestar se encuentra en el autogobierno. La situación económica, la realidad industrial, la capacidad exportadora o la apuesta por la innovación en Euskadi se han basado en las herramientas del autogobierno. El mantenimiento de los servicios esenciales de las políticas sociales se sustenta en el autogobierno. El nivel alcanzado por los servicios de sanidad y educación en Euskadi se explica por el autogobierno. Ya va siendo hora de que el presidente del Gobierno español sea consciente de que más autogobierno es más bienestar. Ya va siendo hora de que comprenda que con el reiterado incumplimiento del Estatuto de Gernika lo único que está logrando es dificultar el crecimiento del bienestar en Euskadi.

“Yo respeto nuestras leyes y creo en el Estado de las autonomías", aseguró Rajoy. No es cierto y por sus frutos les conocemos. El PP es un espino para el autogobierno vasco. El PP nunca ha creído en el Estado de las Autonomías, y las acciones que el Gobierno está planteando suponen una clara involución de ese Estado de las Autonomías. Al PP le conocemos por sus frutos, que son nulos para el autogobierno vasco.


Rajoy apela a la ley y al cumplimiento de la legalidad, pero no da un paso para cumplirla. Todo lo contrario, el incumplimiento reiterado de la legalidad estatutaria supone que en la práctica está liderando la desobediencia civil en Euskadi. “Por sus frutos los conoceréis”, el PP de Rajoy no cumple ni quiere cumplir la ley, no quiere cumplir el Estatuto, con lo cual, no quiere cumplir la Constitución Española. En realidad Rajoy  se está comportando como un auténtico insumiso.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La soledad de la mayoría absoluta



Cada vez es más habitual escuchar que crece el desapego de la ciudadanía hacia la política. No comparto ese punto de vista. Menos aún en este inicio de curso político realmente apasionante, con el referéndum de Escocia o la consulta en Catalunya en el horizonte cercano, que hacen que la ciudadanía sí se interese por la política. Por la POLÍTICA con mayúsculas, claro.

Desapego es lo que pueden sentir en realidad los potenciales votantes del Partido Popular en Euskadi. Un partido incapaz de definir un proyecto con perfil propio para nuestro país, lastrado además por las negativas políticas de Rajoy. El presidente del Gobierno español demuestra un desapego hacia Euskadi que agudiza el desapego de la ciudadanía vasca hacia su partido. En realidad su formación vive el momento de valoración pública más bajo de su historia

El modo y manera en que impone su mayoría absoluta tanto en el Congreso como en el Senado alimenta este desapego. El PP está lanzando ya su precampaña electoral: se suceden los globos sonda mientras se cambian las leyes sin consenso; se alimenta el enfrentamiento y la confrontación tratando de disimular la inacción ante los continuos casos de corrupción que corroen los cimientos de la política española.

El Gobierno del PP va solo y por libre, ni siente ni padece los problemas de la sociedad. En estos momentos, la opinión mayoritaria está en su contra: la ley del aborto, la reforma eléctrica, la aplicación de la LOMCE, el efecto de la reforma laboral... son proyectos cuestionados hasta en sus propias filas. La actitud de Rajoy tratando de resistir parapetado tras su mayoría absoluta la ha acabado tornando en minoría social. 

Tanto y tanto desapego ha alcanzado inexorablemente al tradicional bipartidismo que reina en el Estado, que por cierto sigue siendo monárquico tras un relevo express y a la carta, por obra y gracia del partido mayoritario, previa consulta con el PSOE. En esta fértil tierra de indignados y descreídos han germinado con facilidad nuevos partidos políticos que han generado preocupación en las bases y anuncian procesos electorales que podrían traer nuevos equilibrios de poder.

En esta deriva, la interesada maniobra de distracción urdida con la propuesta para cambiar la elección de Alcaldes merece comentario aparte. Una nueva demostración de la particular visión de la democracia y el concepto del servicio público que tiene el Partido Popular. A escasos meses de la convocatoria electoral y como preludio de su precampaña ha presentado, ha ingeniado más bien, una nueva norma que pervierte la voluntad de la ciudadanía. En un evidente ejercicio de parcialidad ventajista pretendía premiar al partido mayoritario en los comicios municipales con un voto que el ciudadano, único soberano del sufragio, no había depositado en las urnas.

Ha sido una “alcaldada”, nunca mejor dicho, que ha acabado en nada. Ha sido la enésima prueba del infinito descaro con el que el PP ha estado funcionando durante toda la legislatura. Solo una mayoría absoluta muy absolutista ha podido animar al PP a pretender regalarse a sí mismo una norma que le pudiera garantizar gobernar en aquellos municipios en los que la ciudadanía no le otorgara la mayoría suficiente para hacerlo. El absoluto rechazo que ha recibido semejante “globo” ha acabado por pincharlo.

Es habitual afirmar que la mayoría absoluta acaba siendo perjudicial para el funcionamiento de la democracia porque es habitualmente mal gestionada por el partido que la disfruta. El Partido Popular ha hecho uso y abuso de esa herramienta de la peor manera posible. No ha sabido ni querido gestionarla y a estas alturas no le va a ser fácil corregirse. De hecho ni lo intenta, se encuentra más bien exprimiendo las últimas gotas de su disfrute.

Mi experiencia me ha demostrado que la mayoría absoluta sí puede ser empleada para mostrar generosidad con el adversario político, más aún en estos tiempos de dificultades e incertidumbre en que las verdades absolutas no existen. No ha sido desde luego el caso del PP, no lo fue con Aznar y tampoco con Rajoy. Ambos iniciaron la legislatura con una pretendida actitud abierta, para cerrarla de la peor manera posible: encerrados en sí mismos, absolutamente solos de solemnidad ante la sociedad.

Jokin Bildarratz
Portavoz del Grupo Parlamentario Vasco EAJ-PNV en el Senado